El hombre siniestro
El hombre siniestro Indiferente a la cólera de los que le rodeaban, el mayor le dijo al empresario:
—¡Escúcheme un instante, señor! Tengo que decirle algo.
Y acercándose a él Amery le murmuró unas palabras al oído.
El rostro y la acritud del empresario cambiaron como por encanto, y se le oyó decir:
—Seguramente me engaña usted, pero, en fin, venga aquí.
Le llevó a su despacho del teatro, donde Amery, al ver el teléfono, fue directamente hacia el aparato.
Marcó un número y estuvo hablando unos minutos en voz baja. Luego, colgó el auricular y dijo, volviéndose:
—¿Por dónde salgo? ¡Pronto!
El empresario le guió hasta la calle, donde subió al coche que le estaba esperando, ordenando al chófer:
—Tenga cuidado al llegar a la esquina, que he de recoger a Feng Ho.
Elsa oyó la voz inconfundible del «hombre siniestro», y por unos momentos se quedó como paralizada. ¿Qué milagro era éste, gran Dios? Amery la avisaba que la amenazaba un terrible peligro y que debía cerrar la puerta con llave.