El hombre siniestro
El hombre siniestro Obedeció sin vacilar. Y suerte que lo hizo, porque apenas acababa de echar la llave, cuando oyó ruido de pasos en el pasillo y alguien giró el pomo.
—¿Quién hay ah� —preguntó la muchacha, temblando de miedo.
Y en ese instante, un grito ahogado estremeció la casa:
—¡Socorrooo!
Era la voz de Louise Hallam. ¿Qué habÃa ocurrido. Dios mÃo?
Sacando fuerzas de flaqueza, la muchacha empujó contra la puerta la maleta y la cama, formando una verdadera barricada.
—¡Abra! —ordenó una voz ronca.
—¿Quién es usted?
—¡Abra, le digo! No pretendo hacerle ningún daño. ¡Sólo quiero la maleta! ¡Démela!
—¿Quién es usted? —repitió Elsa—. ¿Dónde está mistress Hallam? ¿Qué le han hecho ustedes?
La puerta crujÃa, empujada furiosamente desde fuera. Elsa comprendió que habÃa dos hombres, porque oÃa sus voces ahogadas.
Entonces, aterrada, corrió a la ventana y la abrió. Miró hacia fuera. La calle estaba desierta. El piso era un tercero, y no habÃa ni que pensar en escapar por la ventana.