El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Todo estaba revuelto, como el despacho de Amery en el día en que fue asaltado. Los cajones estaban abiertos, la ropa y las cosas por el suelo…

El mayor no había mirado hasta ahora a la esposa del doctor como un factor de la banda de su marido; pero ahora había cambiado de opinión. ¡Aquí había algo más que un robo vulgar! ¡Él lo averiguaría!

Cuando, poco después, la dueña de la casa volvió en sí, lanzó una exclamación de espanto:

—¿Eh? ¿Quién es usted? ¡Oh!

Con gran esfuerzo pudo levantarse, cuando se sintió más calmada, y Amery le preguntó:

—¿Le han robado a usted algo?

Ella se apresuró hacia el tocador, y tras registrar varios cajones, exclamó, aterrada:

—¡El librito de oro! ¡Me lo han quitado!

—¿Qué librito? ¿El de Tupperwill? —preguntó Amery con una idea súbita.

—Sí.

—Usted… lo había cogido, ¿verdad?

—Sí. Le rogué que me lo prestara.

—¡Ya! Bien, espere usted aquí un momento, miss Marlowe. Voy a llevarla a un sitio más tranquilo. Vuelvo en seguida.

Salió, fue a la habitación de la muchacha, y volvió al cabo de unos instantes trayendo una maleta que Elsa reconoció como suya.


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