El hombre siniestro

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Entonces, Elsa, haciendo un gran esfuerzo, pudo quitar la barricada que obstruía la puerta, y abrió.

En el pasillo estaban Feng Ho y un chófer uniformado. Amery ordenó al chino que le trajera algo de beber a la muchacha, y luego preguntó a Elsa:

—¿Dónde está mistress Hallam?

—No lo sé —respondió la joven—. Antes la he oído gritar, pidiendo socorro.

Amery buscó la alcoba de la dueña de la casa, cuya puerta estaba cerrada. El mayor empujó con tal fuerza que la puerta se abrió. Luego encendió la luz y lanzó una exclamación de espanto.

Louise Hallam estaba en su cama, pero de través, con la ropa desgarrada y en desorden; el busto al aire estaba ensangrentado. Pero sobre todo, lo que causó más impresión al mayor fue ver que la pobre mujer tenía atado al cuello un pañuelo de seda que parecía haberla estrangulado.

De un brinco estuvo a su lado, le quitó el pañuelo y notó que vivía.

Sus gritos atrajeron pronto a Elsa, que a la vista de lo que ocurría olvidó heroicamente sus propios dolores. Entre los dos la acostaron, y luego, mientras Elsa la atendía, dándole a beber coñac caliente, el mayor se puso a inspeccionar la habitación.


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