El hombre siniestro
El hombre siniestro —Bueno, y ahora, joven amigo —dijo luego mister Dame—, piense que le quedan pocas horas de vida, pero no vamos a torturarle. Verá…
En un rincón habÃa una cuba, que Dame acercó hasta la fosa. Luego, destapando el barril, lo volcó y cayó una especie de polvo blanquecino que debÃa de ser cal o yeso, porque levantó una nube de polvo. Con una pala hizo un hoyo en el montón de yeso, trajo agua en un cubo, la vertió en el hoyo y se puso a remover con un palo.
—No sé por qué sospecho que usted va a ser mi verdugo —dijo Amery, sonriendo débilmente.
—No —repuso Dame que, a pesar de su jactancia temblaba de pies a cabeza—; yo no. Yo voy a limitarme a ponerle a usted en un sitio donde no puedan encontrarle.
—¿Van a enterrarme ustedes, acaso?
—Ya lo verá luego —respondió el otro, que ahora habÃa cogido una pala y echaba arena en el yeso mezclando todo vigorosamente.
De pronto, dos de las mantas que cubrÃan las paredes se apartaron y apareció un nuevo personaje. Amery le reconoció inmediatamente: era el canalla de Stillman, el hombre que odiaba al mayor sobre todas las cosas, con un odio salvaje que sólo acabarÃa con su último aliento.
