El hombre siniestro
El hombre siniestro El grueso y barbudo personaje sonrió. Su barba postiza era tan perfecta que ni siquiera al sonreÃr se le notaba que era falsa.
—¡Bueno, amigo Amery! —dijo Stillman—. Supongo que le interesará saber que su criado, el chino, ha quedado fuera de combate, ¿eh?
—¿Qué quiere decir? —preguntó el mayor—. ¡No le entiendo!
—Muy sencillo; se ha permitido seguir nuestro coche y ha recibido una puñalada. ¿Comprende ahora?
—¡Ya! Y también comprendo que usted es experto en la materia, como podrÃa justificar el pobre Tarn si resucitara. Bueno, ¿qué piensan hacer ahora conmigo?
—Ya lo verá. Pero déjeme que le diga antes que usted se confunda: el autor de todo esto es el gran personaje. Ya lo sabrá usted luego. Dame y yo somos ahora simples enterradores de la banda.
—Bien. ¿Y qué va usted a hacer con la muchacha?
—No lo sé, la verdad. Eso es cosa del «personaje». En realidad, la chica ya sabe demasiadas cosas, muchas más de las que nos conviene a nosotros, como usted comprenderá, querido Amery, ¿no?
Pero el mayor denegó con énfasis y contestó:
—¿Quién, miss Marlowe? ¡Miss Marlowe no sabe absolutamente nada! ¡Es más: no sabe siquiera quién soy yo!