El hombre siniestro
El hombre siniestro Stillman miró al otro con ojos asombrados y exclamó:
—¿Cómo? ¿Acaso no le ha dicho usted que es el jefe del Departamento Internacional de Scotland Yard para la represión del Tráfico de Drogas, y que fue enviado a Shanghai cuando fracasaron varios detectives en la misión? ¡No me lo creo! Pero, en fin, la comedia va a durar muy poco. ¡Esto es el fin, querido Amery! Y si estuviera en mi mano, sería también el fin de miss Marlowe. Pero el… «personaje» piensa que es mejor que la muchacha viva, y nosotros no tenemos más remedio que obedecer sus órdenes.
Amery estaba ahora moviendo sus manos cautelosamente. En la India había aprendido a librarse de las esposas, desde que una vez estuvo prisionero y a punto de morir.
Pero, de pronto. Stillman se acercó a él y se sacó de un bolsillo una correa y le ató los pies.
Luego, levantándose, le dijo a su compañero:
—¡Dame! Vaya usted allá, a echar un vistazo a la muchacha. Yo me quedaré aquí, vigilando a este pájaro, hasta que venga el jefe, que no tardará. Dentro de un cuarto de hora vuelva por aquí.
Dame, que estaba evidentemente aterrado, aprovechó la ocasión y salió a toda prisa del garaje, hacia el jardín.
Al cabo de unos minutos. Stillman exclamó: