El hombre siniestro

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48. Banquero y verdugo

Pero ahora el banquero no tenía la cara sonriente, sino que, por el contrario, mostraba una expresión triste en su rostro de ordinario tan risueño.

Entró, miró al prisionero, luego la fosa y el montón de yeso, y exclamó con aire de satisfacción:

—¡Bien, muy bien! Todo ha sido realizado según mis órdenes. Es un placer tener subordinados que saben interpretar hasta las órdenes más triviales de uno, ¿verdad, mayor Amery? ¡A propósito! «trivial», que viene, como decía Franch, de «tri-vía», o lo que es lo mismo, encrucijada o sitio donde se cruzan tres caminos, el lugar donde se habla de cosas banales, el mentidero… lo «trivial», en fin, ¿eh?

Al final de este párrafo, Tupperwill hundió la mano derecha en un bolsillo de la americana y extrajo un objeto alargado y oscuro. El mayor lo conoció instantáneamente: era la pequeña porra de cuero, el sjambok de los salvajes con el que el propio Tupperwill había sido golpeado y herido la noche famosa.


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