El hombre siniestro
El hombre siniestro —Creo que reconocerá usted esto, mayor Amery, ¿verdad? —dijo acercándose al prisionero—, Se encontró en su casa hace unas cuantas noches, cuando mis amigos visitaron su domicilio para hacer una pequeña inspección. Vea esto: son manchas de sangre, de mi propia sangre. ¿Ve aquÃ, en mi cabeza, la cicatriz de la herida? Bien, mi sangre, amigo mÃo, es sagrada para mà y muy valiosa, desde luego. Mire, yo ya habÃa imaginado varios procedimientos para matarle a usted: ahorcado, fusilado, acribillado a balazos… Pero luego he pensado que lo mejor de todo era este bastoncito, con el que no tengo que decirle que puede matarse a un hombre con toda facilidad. ¿Verdad, amigo Stillman?
El chófer asintió con énfasis mientras el banquero examinaba la cadena, la polea y las esposas del prisionero. Tupperwill se quitó luego la chaqueta, se subió las mangas de la camisa y volvió a repetir:
—¿Verdad que esto de la porra es una idea admirable. Stillman?
El chófer volvió a asentir con entusiasmo.
—¡Desde luego, jefe!
Era asombrosa la actitud de Stillman, que parecÃa estar hechizado oyendo las palabras del banquero y movÃa lentamente los labios mientras el otro hablaba, como si quisiera aprenderse sus palabras de memoria, repitiéndolas para sà mismo. Luego, el banquero preguntó, con su voz melosa y suave: