El hombre siniestro

El hombre siniestro

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—¿Tiene usted la bata, amigo mío?

—Aquí está —respondió Stillman, entregándole una bata negra.

El banquero se la puso, abotonándosela del cuello a los pies, y luego comentó en tono de broma:

—¡Cómo los carniceros! ¡Bueno, escuche, amigo Stillman: ahora me va a dejar solo con el mayor Amery! Por suerte, tengo los nervios muy serenos y no lo necesitaré. Salga. Vaya a la casa y esperen allí. Dentro de diez minutos vuelvan, y entonces le juro que usted y el compañero Dame no tendrán mucho trabajo. Y ahora, mister Amery, ¿está usted listo?

Stillman salió, mientras el banquero acercaba la linterna, que estaba en el suelo, diciendo:

—Quiero ver bien lo que hago. ¡Empecemos!

Stillman, que atravesaba el jardín, oyó a su jefe que descargaba el primer golpe sobre el prisionero. Entonces corrió hacia la casa, encontrándose a mister Dame en la cocina, ante un gran vaso de whisky y con una botella medio vacía delante. El hombre temblaba como un azogado, y aterrado, murmuró:

—¿Qué? ¿Ya está? ¿Ha oído lo que decía antes el prisionero sobre los ahorcados? ¿Ha visto usted alguna ejecución, amigo Stillman?


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