El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡Calle! —dijo el otro, cerrando la puerta tras de s×. Ahora está matándole… Yo habÃa pensado contenerlo, intervenir…, pero el jefe…
—¡Bueno, usted no se ha atrevido! —dijo Dame, sonriendo de un modo nervioso—. ¡Tupperwill le habrÃa matado a usted como a un perro! Ya han caÃdo tantos… ¿Qué importa uno más?
—¡Debiera haber usado el puñal! —murmuró Stillman—. ¿Dónde está la muchacha?
—AhÃ, en la despensa, donde hay una cama pequeña. ¿Qué vamos a hacer con ella?
—Retenerla aquÃ.
Dame se llevó las manos a la cabeza, explorando, aterrado:
—¿AquÃ? ¿AquÃ? ¿Cómo es posible? ¡Aquà no puede estar! Mi hija la verÃa y…
—Pues mande usted a su hija a otra parte. O envenene a miss Marlowe con esto.
Y dejó sobre la mesa una botellita diminuta, que Dame examinó un momento. Luego preguntó:
—¿Lo ha traÃdo el jefe?
—SÃ.
—Tupperwill piensa en todo.
—Desde luego —dijo Stillman—. Mire, eche unas gotas de esto en el té de la muchacha, y ¡asunto concluido! ¿A qué hora tiene que volver su hija?
—A las dos.