El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Antes de entrar, esperó unos instantes en la puerta, tembloroso. No se oía nada. Stillman había dejado la puerta entreabierta y la empujó.

En aquel mismo instante, la lamparita, consumido el aceite, se estaba apagando; pero en el momento que brilló la última luzó pudo ver que la cadena y las esposas estaban vacías y que en el fondo de la fosa había un cuerpo humano.

Entonces, sin querer encender ninguna luz, al resplandor de las estrellas que entraba del jardín, Dame cogió una pala, empezó a arrojar tierra en la fosa, y luego puso encima el yeso que él mismo había amasado poco antes. Cuando estuvo al nivel del suelo, tiró la pala a un rincón y salió del garaje, atravesó el jardín y entró en la casa.

Cuando llegó a la cocina, las rodillas le temblaban de tal modo que Stillman le tuvo que ayudar a sentarse. Luego le ofreció un vaso de whisky, al tiempo que le decía:

—¡Beba esto y no sea tonto, hombre! Mire: he puesto un candado en la despensa, ¿ve? De este modo tenemos a miss Marlowe más segura. Cuide usted de ella.

—¿Adónde va? —gimió Dame—. ¡No me deje solo!

—Es sólo un momento —dijo el otro—. Voy a ver a Tupperwill y a decirle que ya está todo listo. Y. de paso, a preguntarle qué hacemos con la muchacha.


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