El hombre siniestro

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El agente, con esa amabilidad casi paternal de la policía de Londres, le dio las señas y luego preguntó:

—¿Tiene usted cuenta en él?

—No, no señor, no.

—¡Ah, pues tiene usted una gran suerte! —exclamó el policía, sonriendo.

La muchacha, que iba con la idea de ver a Tupperwill, no comprendió hasta poco después el significado de la frase. Porque al llegar ante el banco, vio a un grupo de gente que estaba leyendo este cartel puesto en la puerta:

BANCO STEBBING

El banco suspende pagos temporalmente. Las reclamaciones y consultas deben dirigirse a Stake & Stern, abogados y procuradores. Bolt Street. — E. C.

Abriéndose paso entre la multitud, Elsa, emocionada y afligida por la noticia, se dijo a sí misma:

—¡Pobre mister Tupperwill! ¡Un hombre tan amable y tan bien educado, tan simpático! Yo no puedo creer lo que cuenta Feng Ho de él.

En ese momento, oyó que alguien del público comentaba:

—¡Sí! ¡Un tal mister Tupperwill…! Dicen que se ha apoderado de todo el dinero que ha podido reunir, y que ha huido esta mañana al Continente, en avión.


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