El hombre siniestro
El hombre siniestro Elsa frunció el ceño, un tanto alarmada. ¿Por qué mostraba tanta prisa y violencia el doctor?
—¿Por qué ha hecho usted esto? —le preguntó mirándole fijamente—. ¿Por qué cierra usted la puerta tan nervioso?
El doctor sonrió, lanzando un leve suspiro, y respondió con más serenidad:
—Tengo mis razones, amiga mÃa.
—¿Dónde está mistress Hallam? Está aquÃ, ¿verdad?
—No, Elsa —confesó el doctor—. Está en Herbert Mansion. ¡La he engañado a usted, Elsa, la verdad! Mi intención al traerla aquà no era confesarle mi triste historia.
La mesa estaba puesta con dos cubiertos, pero Elsa no quiso sentarse, y exclamó:
—¡No quiero quedarme! Me marcharé.
—No se marchará cuando sepa… lo que voy a decirle.
La llevó al despacho y le señaló la máquina de escribir, al tiempo que decÃa:
