El hombre siniestro
El hombre siniestro —Va usted a tomar mi declaración referente a mis relaciones con la banda de los aficionados, con la banda de Soyoka, y otras cosas. Y después usted decidirá lo que quiere hacer, quedarse o marcharse. Pero ahora escúcheme, Elsa: en esta casa hay cosas importantÃsimas en este momento, cosas que el detective Bickerson darÃa media vida por conocer. Escúcheme todavÃa: dentro de pocos dÃas voy a marcharme de Inglaterra para establecerme en el extranjero, con un nombre supuesto, desde luego, a pesar de la quiebra del Banco Stebbing. Mister Tupperwill ha desaparecido como usted sabrá, y nadie conoce su paradero. Aunque su desaparición no me afecta en nada.
Hizo una pausa y añadió:
—Elsa, en una ocasión abusé de su amistad, utilizándola con un fin poco noble, ahora lo reconozco. Entonces pensaba que la querÃa, y tiene usted que esforzarse para perdonarme; pero ahora hay alguien que la necesita y la quiere más que yo, alguien que tiene más derecho a usted que yo, y al que usted no puede negarle su amistad ni su afecto. ¡Venga conmigo!
Tiró de ella. La muchacha se resistÃa.
—¡Déjeme, Hallam, se lo ruego! ¡Haga el favor!
—¡Venga! —insistió él—. Le juro que no trato de hacerle daño. ¡Venga conmigo!