El hombre siniestro
El hombre siniestro Elsa, muy intrigada y temiendo que el chino se estuviera burlando de ella, atravesó el despacho y abrió rápidamente la puerta de Amery. Éste, en efecto, se estaba acomodando en su sillón y alargaba la mano para apretar el timbre y llamar a Elsa.
Al verla, dijo bruscamente:
—¡Pase, pase! Ha visto usted a Feng Ho, ¿verdad? EstarÃa demostrándole que tiene un oÃdo finÃsimo, ¿no es cierto? ¡Hay que perdonarle! Es su única vanidad. ¡Cierre la puerta!
Elsa iba a obedecer cuando Amery pronunció unas palabras en chino que hicieron que Feng Ho se inclinara.
Cuando se cerró la puerta, Amery dijo:
—Usted y Feng Ho pueden ayudarse mucho, ser buenos amigos. Bien, escriba usted.
Y empezó a dictarle cartas con su rapidez de costumbre.
Luego, cuando al cabo de veinte minutos se quedó callado, la joven levantó al cabeza, esperando que la despidiera. Pero le oyó decir:
—Feng Ho es chino, ¿sabe?
Elsa sonrió y Amery aclaró sus palabras: