El hombre siniestro
El hombre siniestro El canario, como si obedeciera la indignación de su amo, rompió en un canto seguido y alegre, que hizo sonreÃr de nuevo a la muchacha y exclamó:
—¡Oh, qué hermoso, qué hermoso!
El chino, que la observaba atentamente, dijo ahora:
—¡Siento haber venido a molestarla, tal vez! Seguramente no está usted acostumbrada a encontrarse con chinos, miss Marlowe, ¿verdad?
Elsa le miró con mayor interés. ¿Cómo sabÃa su nombre ese diablo de chino?
—Usted quiere ver a mister Amery, ¿no es eso? —dijo, para disimular su asombro.
—No, ya le he visto. Él ha sido quien me ha dicho que la esperara a usted y que me presentara yo mismo. Temo que voy a molestarla mucho, señorita, porque he de venir por aquà con frecuencia. ¡Espere! ¡Mister Amery acaba de llegar!
Ella le miró extrañada, y dijo:
—No he oÃdo nada.
Pero el chino asintió, sonriendo, y añadió, inclinando la cabeza, como el que aguza el oÃdo:
—¡SÃ…, acaba de llegar! Ahora cruza la habitación y se dirige hacia la mesa. Acaba de coger un papel. ¿No oye usted el rumor? Ahora se sienta ante su mesa. Oigo el sillón que cruje…