El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Iba vestido con impecable elegancia, a la europea. Su abrigo era de corte irreprochable, sus pantalones a rayas estaban perfectamente planchados, y todo, corbata, guantes, zapatos, era de última moda. ¡Pero el rostro! Los ojos eran pequeños, oblicuos, y parecían estar cosidos; las mejillas eran pálidas, los labios blancos, los pómulos salientes, y toda la cara parecía un parche arrugado.

El chino debió de adivinar sus pensamientos, porque dijo, esbozando una amplia sonrisa:

—¡Buenos días, señorita! ¡El que fue hermoso, siempre es hermoso! Feng Ho licenciado en ciencias. Aquí está mi tarjeta.

Y se la tendió a la joven, que la cogió mecánicamente.

En ese momento, el canto de un pájaro hizo que la muchacha levantara la cabeza; entonces pudo ver en una jaula hermosísima, con barrotes dorados y cristales de colores, un hermoso canario.

—¡Oh, qué bonito! —exclamó la muchacha, sonriendo dulcemente—. ¿Quién lo ha traído?

El chino sonrió a su vez contestando:

—¡Yo, señorita! «Pi» me acompaña siempre. La gente me mira por la calle, extrañada; pero «Pi» necesita aire libre, y los pájaros tampoco deben pasarse la vida encerrados. ¡Mi canario va a cantar ahora para alegría de la hermosa señorita!


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