El hombre siniestro
El hombre siniestro —DÃgale usted a Feng Ho —dijo luego, queriendo que Elsa se llevara un recuerdo más grato de la entrevista—, que le regale uno de sus canarios. Tiene muchos. Y si usted le promete sacarlo cada dÃa a la calle, se lo dará gustoso.
Elsa regresó a su despacho sofocada, fluctuando entre la cólera y las ganas de reÃr. El chino se habÃa marchado. Y ella lo sintió, porque le hubiera gustado oÃr el canto del canario, para olvidar el mal rato que habÃa pasado con «el hombre siniestro», como llamaba a Amery su compañera, miss Dame.