El hombre siniestro

El hombre siniestro

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La mujer enrojeció y luego se quedó lívida. Al fin, pudo decir:

—¡La verdad, no le comprendo a usted, capitán!

—¡Mayor! —corrigió él—. ¡He ascendido después de habernos conocido, amiga mía! Naturalmente, la envía a usted Hallam, ¿no?

—¿Hallam? ¡Mi marido murió!

—¿De veras? ¡No sabía nada! Pues esta misma tarde, cuando ha salido de la casa de usted, en Herbert Mansion, estaba perfectamente. ¿Ha sufrido algún accidente en la calle acaso?

—¡Por Dios, qué agresivo! —pudo decir la mujer, estremeciéndose ante tanta brusquedad. Su voz sin embargo, era dulce y suave, como si quisiera granjearse la simpatía de Amery.

—¡Nada de eso, amiga mía! Soy justo, nada más. ¿A qué ha venido usted?

—¡Oh, a visitarle! Por el gusto de volverle a ver. Jamás habría pensado que usted me iba a recibir de este modo.

Pero Amery prosiguió en tono cada vez más duro:

—Dígale usted a Hallam que se busque una nueva ocupación. Dígaselo de mi parte… y que le va en ello la cabeza. Que necesito que esa banda en la que él está metido se aparte de mi camino para siempre, o de lo contrario…


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