El hombre siniestro

El hombre siniestro

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—¿Una banda? —preguntó la mujer, muy extrañada.

—Por lo visto usted no sabe nada. Creía que su marido se lo habría dicho. ¡Dígaselo usted de mi parte!, ¿de acuerdo? Bien, adiós, mistress Trene Hallam. Trene es su nombre de soltera, ¿no? Bien, no olvide mi encargo para su esposo.

Cuando Louise salió del despacho estaba furiosa, y necesitó toda su fuerza de voluntad para sonreír al tender la mano a Elsa y decirle:

—Quedamos de acuerdo, ¿eh? ¡Hasta mañana! Un hombre encantador ese mayor Amery, aunque le encuentro algo cambiado. ¡Cuento con usted! No me diga que no.

Y salió a la calle, temblando de rabia, humillada jadeando… preguntándose si Amery le revelaría a su secretaria el terrible secreto.

Apenas acababa de salir de su despacho mistress Hallam cuando Amery abrió una pequeña puerta que se comunicaba con una habitación diminuta, que servía a la vez de ropero y lavabo. Hizo una seña al único ocupante que estaba sentado en un viejo baúl, y cuando el otro hombre pasó al despacho le entregó una tarjeta, al tiempo que le decía:

—¡Vaya usted esta noche a esta casa, y regístrela a conciencia!, ¿eh? Necesito cualquier documento que pueda usted encontrar allí, ¿comprende?


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