El hombre siniestro

El hombre siniestro

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8. La obra de Feng Ho

Su casa de Elgin Crescent se le hacía esa noche a Elsa más odiosa que de costumbre. La muchacha había ido desde la City hasta Trafalgar Square en autobús, y luego recorrió el resto del camino a través de los tres parques llenos de flores y con los árboles regiamente engalanados con espeso y verde follaje.

La acompañaba miss Dame, que decía ahora:

—A mí, mister Amery me es muy antipático. Tiene algo de reptil, de fiera.

—Lo dice usted porque lleva zapatos con suela de goma, ¿verdad? Con ellos puede acercarse sin producir el menor ruido.

—Sí, por eso y por todo. ¡Le odio, me resulta odioso! ¡Es «el hombre siniestro», como yo digo!

Elsa no pudo evitar un leve estremecimiento y pensó si no sería que mister Amery acechaba o espiaba a alguien.

—Sí —dijo—, tiene algo de los leopardos, de los tigres… A mí la verdad, me impresiona. A veces pienso si no espiará a alguien. ¡En fin todo esto son romanticismos!

—Si, usted es una romántica —dijo miss Dame—, y debería dedicarse al cine. ¡Ay, si yo tuviera su aspecto! A veces he pensado dedicarme al cine también, pero para papeles cómicos.


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