El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡Miente! —exclamó con vehemencia mister Tarn—, Ha sido el chino que ha estado en la oficina hoy mismo. Yo le he visto. Feng Ho. ¡Oh, pobre de mÃ! ¡Esto será mi muerte! ¡Por lo visto me espÃan y me siguen… por todas partes!
—Pero ¿qué le pasa a usted, mister Tarn? —preguntó la muchacha, impresionada ante el terror que mostraba su tutor—, ¿Es que ha hecho usted algo?
—¡Calle, calle! ¡No me diga nada! ¡No me pregunte ahora! ¡Es horrible! Me lo esperaba. ¡Pero no me cogerán vivo!
Al decir estas últimas palabras, mister Tarn se sacó de uno de los bolsillos de la bata un enorme revólver. La mano que lo sostenÃa le temblaba visiblemente.
—¡Paul Amery! —dijo luego, con voz entrecortada—, ¡Maldito sea ese nombre! ¡Ya le contaré yo a usted muchas cosas de Paul Amery! ¡Pero ahora no, ahora no! ¡Voy a mi despacho!
Salió precipitadamente, y Elsa oyó cómo se cerraba con llave en el despacho. Luego percibió el ruido de vasos y botellas. Mister Tarn estaba ahogando en whisky sus problemas.