El hombre siniestro
El hombre siniestro Al día siguiente, Elsa no se sorprendió al ver que mister Maurice Tarn no aparecía a la hora del desayuno. Llamó repetidamente a su puerta, y el viejo le dijo, con voz lastimosa que saldría en seguida. Pero la muchacha salió hacia la oficina sin verle.
Cuando a las nueve y media sonó el timbre de Amery llamando a la muchacha, ésta entró en el despacho del director llena de curiosidad. ¿Qué iba a decirle de lo ocurrido anoche? Pero el mayor la recibió con su frialdad habitual y hasta después de dictarle numerosas cartas no aludió a la conversación sostenida por teléfono, diciendo:
—Usted me llamó anoche por teléfono, ¿verdad? Creo recordar algo…
—¡Sí, desde luego! —respondió Elsa en tono indiferente—, ¡Casi me había olvidado!
—Estaría usted soñando. Ahora, cuando venga Feng Ho dígale que le cuente a usted la historia de su dedo.
—¿La historia de su dedo? —preguntó Elsa, muy extrañada.
—Sí, la historia de su dedo meñique. Usted se lo dislocó siendo niña, jugando a hockey. Pregúntele usted a Feng Ho cómo perdió el suyo.
—¡Oh, no sabía que a Feng Ho le faltara un dedo!
