El hombre siniestro

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Dijo esto en voz baja, como si revelara un terrible secreto.

El doctor Hallam tenía también una cuenta privada en el Banco Stebbing, y podía decirse que era buen amigo del banquero, porque ambos eran socios comunes de dos clubs.

El obeso hombre movió tristemente la cabeza mientras se ponía los guantes y comentó:

—Un vaso de leche y unas cuantas galletas constituyen mi comida normal, y a veces pienso cómo me sentaría esa tremenda langosta con mayonesa tan excelente que aquí hacen… Pero, bueno, usted va hacia allá, ¿no?

—No, gracias, no voy para allá —repuso el doctor—, aunque puede que mañana tenga que ir por la City.

—¡Ay, pobre amigo mío, le compadezco a usted! ¡La City es una selva! —añadió—: El aspecto cosmopolita de nuestras calles, en esta época del año me interesa mucho.

Siguiendo la dirección de la mirada del banquero. Ralph Hallam distinguió entonces a un hombre que estaba parado junto a la acera. Era un hombre de baja estatura, que llevaba un sombrero gris y unos guantes amarillos. El desconocido volvió en este instante la cabeza.

—¡Un chino! —dijo Hallam, muy sorprendido.


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