El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡No se trata de ninguna broma, señor! —respondió el chino, sonriendo levemente—; he venido en esta dirección, sencillamente, como mañana iré en otra.
—En ese caso… ¿va usted a visitar a alguien por aquÃ? ¡A ver, dÃgame!
El chino se encogió de hombros y señalando a un policÃa, respondió:
—¡Éstos no son modales ingleses, señor! Si quiere usted, acérquese a aquel policÃa y dÃgale: «¡Haga el favor de detener a este chino, que se llama Feng Ho, y métale en la cárcel! ¡Se trata de un licenciado en Ciencias que me viene siguiendo!». Pero piense usted, mister Hallam, que uno no puede circular por Londres sin que alguien le siga, como es lógico.
—Usted me ha estado siguiendo a mà —insistió Hallam.
—¡Señor, yo soy licenciado en Ciencias, como le he dicho! Mi especialidad es estudiar y observar los crÃmenes. No sólo acudo a los Tribunales cuando hay causas famosas, sino que procuro presenciar los crÃmenes mismos. Un gusto depravado, si usted quiere, pero siendo usted médico lo comprenderá perfectamente.
—¿Y qué crimen espera usted presenciar aqu� —preguntó Hallam mirándole con dureza.
—¡Un asesinato! —repuso Feng Ho.
—¿Un asesinato?