El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡Oh, lo único que yo sé de Shanghai es que recibimos cartas de allá, naturalmente, de nuestros agentes, pero no sé nada de escándalo! ¿De quién habla usted?
—De mÃ, de mà mismo —dijo el director—. Y me extraña que usted no esté enterada. ¿No conoce usted la historia del tren que hicieron detener unos atracadores chinos?
Elsa recordó haber leÃdo algo de ello, algo de trenes asaltados por atracadores y viajeros secuestrados para exigir luego un fuerte rescate.
—¡Gran ciudad. Shanghai! —añadió Amery pensativo. Hermosa ciudad… donde se pueden hacer grandes fortunas, por medios lÃcitos e ilÃcitos. Casi siempre ilÃcitos, desde luego.
Más tarde, mientras escribÃa a máquina las cartas que le habÃa dictado Amery, Elsa estuvo pensando en aquella especie de fiebre del oro que parecÃa dominar a aquel hombre.