El hombre siniestro
El hombre siniestro —Esta gente valora nuestro negocio en cien mil libras; pues para nosotros vale un millón. Le han mandado a usted esto, sabiendo que usted es el miembro de nuestra organización más fácil de asustar. ¿Cuándo ha recibido usted el anónimo?
—Esta mañana. Lo he encontrado sobre mi mesa al llegar al despacho. Nadie sabe quién lo ha puesto allÃ.
—Quizá Amery pudiera explicárselo, amigo mÃo. ¿Estaba él allà cuando usted llegó?
—SÃ, señor. Yo tengo que marcharme, lo comprendo. Si sigo en Inglaterra… Repartiremos el dinero; por suerte, todos saldremos bien librados.
—¿Tiene usted su dinero en efectivo?
—¡Claro que sÃ! Por suerte no seguà sus consejos y no quise colocar el dinero en ese maldito Banco Stebbing; de haberlo hecho, ahora no podrÃa retirarlo, ya que los de Scotland Yard me lo impedirÃan. Tengo el dinero disponible. Nos lo repartiremos a fines de esta semana. Yo lo tengo ya todo dispuesto. Incluso mi pasaje.
—¡Es usted un verdadero diablo! —comentó el doctor alegremente—. Va usted a sacrificar una fortuna; de todos modos, los compañeros como yo estamos convencidos de que hace usted muy bien en marcharse. Naturalmente se marcha solo, ¿no?
El viejo, con una triste sonrisa, respondió: