EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Matilda, que por orden de Hippolita se había retirado a sus habitaciones, no estaba en buena disposición para descansar. El golpe que el destino había descargado sobre su hermano la había afectado profundamente. Le sorprendía no ver a Isabella, pero las extrañas palabras pronunciadas por su padre, y la oscura amenaza de éste a su esposa la princesa, acompañadas por el proceder más furibundo, habían llenado aquella mente gentil de terror y alarma. Esperaba ansiosa el regreso de Bianca, una joven doncella que la servía, a la que había enviado a averiguar dónde estaba Isabella. Bianca no tardó en aparecer e informó a su ama de lo que había sabido por los criados: que Isabella no había sido hallada en parte alguna. Explicó la aventura del joven campesino, descubierto en la bóveda, con muchos añadidos ingenuos a los incoherentes relatos de los domésticos. Se refirió principalmente a la pierna y el pie gigantescos vistos en la sala de la galería. Esta última circunstancia aterrorizó a Bianca hasta tal punto que se alegró cuando Matilda le dijo que no se retiraría a descansar, sino que velaría hasta que su madre se levantara.
La joven princesa se perdía en conjeturas sobre la huida de Isabella y acerca de las amenazas de Manfredo a su madre.
