EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Mientras tanto, algunos concurrentes habÃan corrido al patio, desde donde se oÃa un confuso griterÃo que revelaba horror y sorpresa. Manfredo, que empezaba a alarmarse al no ver a su hijo, acudió en persona a informarse de la causa de tan extraño revuelo. Matilda no se ausentó, esforzándose en ayudar a su madre, e Isabella se quedó con el mismo propósito, y también para evitar mostrar impaciencia por el contrayente, hacia el cual, en verdad, sentÃa escaso afecto.
Lo primero que saltó a la vista de Manfredo fue un grupo de sirvientes tratando de levantar algo que le pareció un montón de plumas negras. Miró sin dar crédito a sus ojos.
—¿Qué estáis haciendo? —exclamó Manfredo airadamente—. ¿Dónde está mi hijo?
—¡Oh, señor! —replicó un torrente de voces—. ¡El prÃncipe! ¡El prÃncipe! ¡El yelmo! ¡El yelmo!
Impresionado por estos lamentos y temiendo no sabÃa qué, avanzó apresuradamente. Mas ¡qué visión para los ojos de un padre! Contempló a su hijo despedazado y casi sepultado bajo un enorme yelmo, cien veces mayor que cualquiera hecho para un ser humano, y ensombrecido por una cantidad proporcional de plumas negras.
