EL Castillo de Otranto

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CAPÍTULO III

A Manfredo el corazón le dio un vuelco cuando vio que el penacho del milagroso yelmo se agitaba con el sonido de la trompeta.

—¡Padre! —le dijo a Jerónimo, al que ahora dejó de tratar como conde de Falconara—. ¿Qué significan estos portentos? Si he ofendido… —Las plumas eran sacudidas con más violencia que antes—. ¡Soy un príncipe desdichado! ¡Padre santo! ¿No me asistiréis con vuestras plegarias?

—Mi señor, sin duda el cielo está disgustado por vuestras mofas a quienes lo sirven. Someteos a la iglesia y dejad de perseguir a sus ministros. Liberad a este inocente joven y aprended a respetar mi sagrado ministerio. Con el cielo no se juega.

—Como veis… —La trompeta volvió a sonar—. Reconozco que he sido demasiado impulsivo. Padre, acudid a la puerta y preguntad quién es.

—¿Me garantizáis la vida de Teodoro?

—Sí, pero preguntad quién está ahí afuera.

Jerónimo se echó al cuello de su hijo y descargó un torrente de lágrimas que ponía de manifiesto la alegría de su alma.

—Me prometisteis acudir a la puerta —le recordó Manfredo.

—Pensé que vuestra alteza me permitiría daros primero las gracias con este tributo de mi corazón.


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