EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto —Heraldo —dijo Manfredo tras estas reflexiones—, regresa junto a tu amo y dile que antes de dirimir nuestras diferencias con la espada, Manfredo quisiera mantener una conversación con él. Dile que será bienvenido a mi castillo donde, por mi fe de caballero, tendrá una cortés acogida, y plena seguridad para él y su séquito. Si no podemos arreglar nuestras diferencias por medios amistosos, juro que podrá partir con plena garantÃa. Entonces nos daremos satisfacción de acuerdo con la ley de las armas. ¡Pongo por testigos de ello a Dios y a la SantÃsima Trinidad!
El heraldo hizo tres reverencias y se retiró.