¿Amar o depender?
¿Amar o depender? Tres formas de inmadurez alimentan esta adicción: la baja tolerancia al sufrimiento, la baja tolerancia a la frustración, y la ilusión de permanencia. El primero se manifiesta en la urgencia de evitar cualquier malestar. No se soporta el vacío que deja la pérdida, por eso se busca desesperadamente el consuelo en el otro, aun si ese otro hiere. El segundo surge de un egocentrismo infantil: “quiero que me amen como yo lo necesito”, sin aceptar que el otro puede dejar de amar. El tercero, más profundo, consiste en creer que el amor debe durar para siempre. Se instala la fantasía de que si se hace todo “bien”, la relación nunca terminará.
Esta mentalidad fija genera vulnerabilidad. Cualquier cambio en la relación se percibe como catástrofe. Se idealiza al otro, se le convierte en refugio y razón de ser. El miedo a la soledad y al abandono crece, y con él, el apego. Solo madurando emocionalmente es posible salir de este ciclo destructivo.
El apego afectivo se alimenta de mitos profundamente arraigados que distorsionan el amor y lo convierten en una trampa emocional. La cultura ha exaltado una versión enfermiza del amor, donde la entrega total, la fusión de identidades y la renuncia a uno mismo se consideran pruebas de amor verdadero. Se ha promovido la idea absurda de que cuanto más se sufre por alguien, más se le ama.
