¿Amar o depender?
¿Amar o depender? Cuando el apego se instala, se reproduce como cualquier adicción: crece con el tiempo, genera abstinencia en la ausencia del otro, y domina la conducta aun sabiendo que el vínculo daña. El bienestar que produce estar con la pareja se vuelve indispensable; la idea de perderla desata un pánico que esclaviza. La mente justifica lo injustificable con tal de mantener la fuente de seguridad, aun cuando el precio sea el maltrato, la humillación o la pérdida de dignidad.
El deseo en sí no es apego. El deseo es natural, pero cuando se convierte en una necesidad innegociable y su ausencia produce sufrimiento desbordado, se ha cruzado el límite. El apego se sostiene en el miedo y la incapacidad de soltar. No se ama, se necesita. Y necesitar no es amar.
La dependencia afectiva nace de una estructura emocional infantil, de una mente que no ha desarrollado los recursos necesarios para afrontar el dolor, la pérdida o la incertidumbre. El apegado es alguien que no sabe sufrir, que huye de la frustración y exige que la realidad se acomode a sus deseos. Cuando el sufrimiento aparece, se desmorona; cuando el otro se aleja, siente que el mundo se derrumba.
