El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —En realidad, ¿sabe usted? —dijo frotándose las manos y riendo nerviosamente—, esto tiene un interés mayor que el teórico. «Por ejemplo —añadió, acercando su rostro al del profesor y bajando el tono de voz—, tal vez si el asunto se manejara adecuadamente, se venderÃa… precisamente, como alimento. O al menos como ingrediente de la alimentación».
«Admitiendo, naturalmente, que tenga buen sabor. Cosa que no podremos saber hasta que hayamos hecho el preparado».
Se volvió hacia la alfombrilla de la chimenea, y contempló los cortes estratégicamente dispuestos de sus botas de lona.
—¿Nombre…? —dijo levantando la vista, como si respondiera a una pregunta—. Por mi parte me inclino a una sugestiva alusión clásica. Esto hace… hace a la ciencia más res… Le da unos matices de dignidad a la antigua. He pensado que… No sé si a usted le parecerá eso absurdo… Seguramente una pequeña fantasÃa puede permitirse de vez en cuando… Heracleoforbia. ¿Eh? ¿La nutrición de un posible Hércules? Ya sabe usted que podrÃa…
«Claro que si usted cree que no…»
Redwood reflexionó con los ojos fijos en el fuego y no hizo objeciones.
—¿Le parece a usted bien?
Redwood movió la cabeza gravemente.