El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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VIII

Y mientras aquellos ocho aventureros luchaban contra las ratas en la Granja Experimental, a catorce kilómetros de distancia, en el pueblo de Cheasing Eyebright, una dama anciana provista de una nariz excesiva, luchaba con grandes dificultades a la luz vacilante de una vela. En una mano nudosa tenía un abrelatas y con la otra sostenía una lata de Heracleoforbia, decidida a abrir o a perecer en la empresa. Luchaba incansablemente, profiriendo un gruñido a cada nuevo esfuerzo, mientras, a través del delgado tabique, el niño de los Caddles no cesaba de gemir.

—¡Pobrecillo! —murmuró la señora Skinner; y luego, mordiéndose el labio con su diente solitario, en un arranque de determinación, añadió—: ¡Venga!

Y de inmediato, ¡clap!, una nueva provisión del Alimento de los Dioses quedó dispuesta y a punto de descargar sus poderes de agigantamiento sobre el mundo.





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