El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Y mientras aquellos ocho aventureros luchaban contra las ratas en la Granja Experimental, a catorce kilómetros de distancia, en el pueblo de Cheasing Eyebright, una dama anciana provista de una nariz excesiva, luchaba con grandes dificultades a la luz vacilante de una vela. En una mano nudosa tenÃa un abrelatas y con la otra sostenÃa una lata de Heracleoforbia, decidida a abrir o a perecer en la empresa. Luchaba incansablemente, profiriendo un gruñido a cada nuevo esfuerzo, mientras, a través del delgado tabique, el niño de los Caddles no cesaba de gemir.
—¡Pobrecillo! —murmuró la señora Skinner; y luego, mordiéndose el labio con su diente solitario, en un arranque de determinación, añadió—: ¡Venga!
Y de inmediato, ¡clap!, una nueva provisión del Alimento de los Dioses quedó dispuesta y a punto de descargar sus poderes de agigantamiento sobre el mundo.