El alimento de los dioses

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Al volver la mirada hacia atrás, en el cerebro de Bensington resonó como un eco cierta frase conocida. ¿Cómo era…? «Habéis encendido hoy…». «Habéis encendido hoy…».

Entonces recordó las palabras de Latimer: «Hemos encendido hoy una antorcha tan grande en Inglaterra, que ya nadie podrá apagarla jamás…»[2]

¡Qué hombre era Cossar! Bensington se quedó mirando su espalda durante un rato y se sintió orgulloso de haber sostenido su sombrero. ¡Orgulloso, sí, a pesar de que él era un investigador eminente y Cossar se dedicaba sólo a la ciencia aplicada!

De repente, se puso a tiritar y a bostezar, y deseó estar acostado, muy calentito, en su cama de aquel pequeño piso que daba a Sloane Street. (Ni siquiera pensar en su prima Jane le prestó ayuda). Las piernas se le volvieron como algodón y los pies como plomo. Sintió la necesidad de tomar un café en Hicleybrow. En sus treinta y tres años no había pasado nunca en vela una noche entera.




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