El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Pero el hábito de la Investigación estaba arraigado en él… Y en ciertos momentos, momentos raros, en el laboratorio principalmente, habÃa algo más que el simple hábito y los argumentos de Cossar que lo impulsaban a su trabajo. Este hombrecillo con gafas, sentado acaso en equilibrio sobre su alto taburete, con las acuchilladas botas enroscadas alrededor de sus patas, y en la mano las pinzas de las pesas, tendrÃa de nuevo un destello de aquella visión de adolescencia, tendrÃa una percepción momentánea del eterno desdoblamiento de la semilla sembrada en su cerebro, viendo, como si dijéramos, diseñado en el cielo, detrás de los accidentes y formas grotescas del presente, el mundo futuro de gigantes y de todas las potentÃsimas cosas que el porvenir nos reserva… vagas y espléndidas, como la visión de un relumbrante palacio descubierto súbitamente al proyectarse un rayo de sol en la lejanÃa… Y en seguida se encontrarÃa como si aquel distante esplendor no hubiese brillado nunca en su cerebro, y no podrÃa percibir nada en su perspectiva sino sombras siniestras, vastos declives y negruras, inmensidades inhóspitas, entes frÃos, feroces y terribles.