El alimento de los dioses
El alimento de los dioses «¡Graves consecuencias…! Pues, ¡naturalmente! ¡Enormes! Evidentemente. Eviden-te-men-te. ¡Pero, hombre, si es la única ocasión que tiene usted en la vida de conseguir algo verdaderamente grave! ¿Y quiere usted evitarla? —Durante un momento quedó mudo de indignación».
—¡SerÃa inicuo! —dijo por fin—. Y repitió explosivamente: —¡Inicuo!
Pero Bensington ya trabajaba en su laboratorio con más emoción que gusto. No habrÃa podido decir si deseaba que en su vida hubiese consecuencias graves o no. Era un hombre de gustos tranquilos. Aquello constituÃa un descubrimiento maravilloso, claro, absolutamente maravilloso, pero… Ya se habÃa visto propietario de varios acres en una finca desacreditada y quemada cerca de Hickleybrow, al precio de cerca de noventa libras esterlinas el acre, y a veces se hallaba dispuesto a creer que ésta era una consecuencia muy grave de la quÃmica especulativa, tan grave como pudiera considerarla el menos ambicioso de los hombres. Claro que era Famoso, muy Famoso. Más que satisfactoria, mucho más que satisfactoria, era la Fama que habla alcanzado.