El alimento de los dioses
El alimento de los dioses Pero hubo dos o tres personas, fuera del público en general que ya habÃan mirado más allá, y, según parece, se asustaron de lo que vieron. Entre ellos estaba, por ejemplo, el joven Caterham, primo del conde de Pewterstone, y uno de los polÃticos ingleses que más prometÃan, quien, arrostrando el riesgo de que le tomaran por un tendero, escribió un largo artÃculo en el Nineteenth Century and After, abogando por su total supresión. Y, en ciertos momentos, también Bensington estaba de acuerdo.
—Parece como si no se dieran cuenta —le dijo a Cossar.
—No, no se dan cuenta.
—¡Y nosotros! A veces, cuando pienso en lo que significa… Este pobre niño de Redwood… Y, naturalmente, los tres de ustedes… ¡A doce metros de altura, tal vez…! Después de todo, ¿debemos proseguir adelante?
—¡Proseguir adelante! —exclamó Cossar, convulso con una estupefacción muy poco elegante, y elevando el tono de su voz mucho más alto que de costumbre—. ¡Claro que tiene usted que seguir adelante! ¿Para qué está usted en este mundo, pues? ¿Para holgazanear entre comida y comida…?