El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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Al principio —exceptuando a Broadbeam— el tono de la opinión pública estuvo completamente desprovisto del menor asomo de hostilidad. Al público no se le ocurrió la posibilidad de que cierta cantidad de Heracleoforbia pudiese escaparse de nuevo, excepto en el plano de las suposiciones jocosas. Y, asimismo, el público pareció no tener idea de que la pandilla de niños que estaban siendo alimentados con el alimento crecería mucho más de lo que la inmensa mayoría de nosotros podemos llegar a crecer. Lo que más le complacía al público eran las caricaturas de los políticos eminentes tal como serían después de alimentarse con el Alimento Estrella, sobre todo cuando quedaban expuestas en los tableros de anuncios de los periódicos, y las edificantes exhibiciones proporcionadas por las avispas muertas que habían escapado del fuego y las gallinas sobrevivientes.

La gente no se preocupó de ver más allá de todo esto, y hasta se tuvieron que hacer grandes esfuerzos para que volviera sus miradas a más remotas consecuencias; y hasta entonces incluso, su entusiasmo para llevar a cabo una acción fue sólo parcial. «Siempre hay algo nuevo», decía el público, un público tan saciado de novedades, que se enteraría de que la tierra se había partido en dos, como se parte una manzana, sin demostrar sorpresa alguna, y añadía: «A ver qué es lo que van a hacer después de esto».


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