El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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—Esos accidentes —decía Winkles al insinuarle Bensington los peligros de ulteriores filtraciones del alimento— no son nada. ¡Nada…! El descubrimiento lo es todo. Adecuadamente desarrollado, convenientemente manejado, cuerdamente controlado, tendremos… tendremos algo muy portentoso en este alimento nuestro… Tenemos que seguir vigilando lo… No debemos permitir que vuelva a escapar a nuestro control, y… no debemos dejarlo dormir.

Realmente no tenía la menor intención de dejarlo dormir. Iba a casa de Bensington casi a diario. Bensington, asomándose a la ventana, podía ver el impecable carruaje trotando por Sloane Street, y después de un intervalo increíblemente breve, Winkles entraba en la estancia con movimientos ágiles y enérgicos, y llenándolo todo con su presencia, sacaba del bolsillo unos periódicos, proporcionaba la información correspondiente y hacía observaciones.

—Bueno —decía frotándose las manos—. ¿Cómo sigue esto?

Y así entraba de lleno en la discusión del orden del día sobre el tema.

—¿Sabe usted —decía, por ejemplo— que Caterham ha estado hablando de nuestro producto en la Asociación Eclesiástica?

—¡Válgame Dios! —exclamaba Bensington—. Ese Caterham es primo del Primer Ministro, ¿no?


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