El alimento de los dioses

El alimento de los dioses

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—Fundar una sociedad —dijo— y armar jaleo. Quieren que se declare ilegal la fabricación de la Heracleoforbia… o al menos que se declare ilegal la divulgación de su existencia. Yo mismo he escrito algo para demostrar que la idea que tiene Caterham del producto es exagerada, exageradísima, pero no parece haberle hecho mella. Es curioso del modo que la gente se está revolviendo en contra. Y, a propósito, la Asociación Nacional de Templanza ha fundado una filial para la templanza en el crecimiento.

—¡Bah! —murmuró Bensington tocándose la nariz.

—Después de todo cuanto ha sucedido, a la fuerza tiene que haber este alboroto. En realidad, la cosa es… sobrecogedora.

Wilkles anduvo de un lado para otro de la habitación durante cierto tiempo, pareció vacilar y se fue.

Se hizo evidente que algo le preocupaba, algún aspecto de importancia crucial para él, que no quería aún hacer público. Un día, en que Redwood y Bensington se hallaban juntos en el piso de éste, Winkles les dejó vislumbrar lo que era este algo que tenía en reserva.

—¿Cómo va todo eso? —preguntó frotándose las manos.

—Estamos redactando una especie de informe conjuntamente.

—¿Para la Royal Society?


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