El alimento de los dioses
El alimento de los dioses
y que, al parecer, no había nada que creciese de un modo uniforme y continuo, y por lo que él podía entrever, nada podía crecer de un modo uniforme y continuo; las cosas sucedían como si todo ser viviente tuviese que acumular una fuerza de terminada para poder crecer, creciendo entonces con vigor durante cierto tiempo, pero teniendo luego que esperar durante un período antes de que pudiese volver a emprender el crecimiento. Y con el lenguaje esotérico y altamente técnico propio de los verdaderos «científicos», Redwood insinuó que el proceso del crecimiento requería probablemente la presencia en cantidades considerables de alguna sustancia necesaria para la sangre, que se formaba únicamente con extremada lentitud, y que cuando esta sustancia se agotaba por el crecimiento, se remplazaba muy lentamente, y entretanto, el organismo tenía que aguardar. Comparó esta sustancia desconocida al aceite en la maquinaria. Un animal en crecimiento, sugirió, era muy parecido a una locomotora que puede moverse hasta una distancia determinada pero debe ser lubricada si se la quiere hacer andar más allá. («Pero ¿por qué no se la puede lubricar desde fuera?», preguntó Bensington al leer el artículo). Y todo esto, decía Redwood con la deliciosa inconsecuencia nerviosa propia de los de su clase, probablemente proyectaría una gran luz sobre el misterio de ciertas glándulas de secreción interna. ¡Cómo si estas glándulas tuvieran algo que ver con todo aquello!