El alimento de los dioses

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En una comunicación ulterior Redwood iba aún más lejos. Trazó un gran número de diagramas iguales que trayectorias de cohetes, cuya intención venía a significar —si intención había— que la sangre de los cachorros de perro y de gato, así como la savia de los girasoles y el jugo de las setas durante lo que él llamaba la «fase de crecimiento», difería, en la proporción de ciertos elementos, de la sangre y la savia de los mismos organismos durante los días en que no estaban creciendo.

Y cuando Bensington, después de mirar los diagramas de lado y del revés empezó a advertir cuál era la diferencia, se sintió invadido de un grandísimo asombro. Porque, ¡lo que son las cosas!, la diferencia podía ser debida, con toda probabilidad, a la presencia de la misma sustancia que él había estado recientemente intentando aislar en sus investigaciones sobre aquellos alcaloides que más intensamente estimulaban el sistema nervioso. Puso el artículo de Redwood encima del atril patentado que se balanceaba, de un modo muy inconveniente por cierto, surgiendo del brazo de su sillón, se quitó los lentes con montura de oro, empañó los cristales y los limpió muy cuidadosamente.

—¡Por Júpiter! —exclamó el señor Bensington.


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