El alimento de los dioses

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—Pero no querrá usted decir… —empezó a decir Redwood, tan alarmado que abandonó su actitud de desdén hacia Winkles.

—No harán nada de todo eso —afirmó Winkles—, pero la opinión pública es la opinión pública y votos son votos. Todo el mundo puede ver que se hallan ustedes enfrascados resolviendo algo muy inquietante. Y el instinto humano está en contra de las cosas inquietantes, ¿sabe usted? Nadie parece abundar en la idea que se ha formado Caterham de la posibilidad de personas de once metros de altura, que no podrían entrar en ninguna iglesia, ni en ningún salón de actos, ni en ninguna institución humana o social. Pero, a pesar de todo, en el fondo no se sienten muy tranquilos. Ven que hay algo, algo más que un descubrimiento corriente…

—Siempre hay algo más —dijo Redwood— en todo descubrimiento.

—Sea como sea, lo cierto es que se están poniendo impacientes. Caterham sigue machacando sobre lo que puede ocurrir si el Alimento se suelta otra vez. Yo les digo una y otra vez que no volverá a suceder, y que no puede suceder. Pero… ¡así es como están las cosas!

Y se quedó dando respingos por la estancia durante un rato, como si intentara volver a iniciar la cuestión del secreto, y luego, pensándolo mejor, se fue.

Los dos hombres de ciencia se miraron. Durante un buen rato sólo hablaron con los ojos.


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