El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —En la eventualidad de que esta agitación ignorante y ridÃcula empiece a manifestarse de un modo más serio… —empezó a decir Bensington.
—Mi hijo menor no puede prescindir ya de este producto —afirmó Redwood—, y no sé lo que yo podrÃa hacer ahora. Si llegase lo peor…
Un leve ruido, como de rebote de algo proclamó la presencia de Winkles. E inmediatamente se hizo visible en el centro de la habitación frotándose las manos.
—PreferirÃa que llamara antes de entrar —dijo Bensington, mirando, de muy mal talante, por encima de la montura de oro de sus gafas.
Winkles se deshizo en excusas. Luego, volviéndose hacia Redwood, empezó a decir:
—Celebro muchÃsimo hallarle aquÃ. Lo cierto es que…
—¿Ha visto usted eso de la Comisión Real? —lo interrumpió Redwood.
—Sà —contestó Winkles, distraÃdo de lo que iba a decir.
—¿Y qué le parece?
—Me parece algo excelente —dijo Winkles— que acallará gran parte de este clamor, ventilando el asunto por completo. Silenciará a Caterham. Pero no he venido por eso, Redwood. Lo cierto es que…
—No me gusta esa Comisión Real —murmuró Bensington.