El alimento de los dioses
El alimento de los dioses —Debo confesar que es en gran parte debido a esos polvos de ustedes, y la fama que me ha acarreado el éxito que he tenido con el hijo menor de usted… Existe, no hay qué disimularlo, un fuerte sentimiento contra su empleo. Y, no obstante, veo que entre las personas más inteligentes… Hay que ir despacio y sin ruido en estas cosas… poco a poco. Asà y todo, en el caso de Su Alte… quiero decir, en el caso de esta nueva enfermita que tengo… En realidad… la idea fue de su madre. Yo no habrÃa jamás…
Dio una palmada en el hombro a Redwood, como si se sintiera embarazado.
—Creà que usted tenÃa sus dudas sobre la oportunidad de recomendar el uso de esos polvos —dijo Redwood.
—Fue una duda meramente pasajera.
—¿Y no proponÃa usted discontinuar…?
—¿En el caso de su hijo? ¡Por cierto que no!
—Por lo que puedo entender, serÃa un asesinato.
—No lo harÃa por nada del mundo.
—Tendrá usted los polvos —dijo Redwood.
—Supongo que usted no podrÃa…
—No hay cuidado. No existe ninguna fórmula. No interesa, Winkles, y dispense mi franqueza. Yo mismo hago los polvos.