El alimento de los dioses

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IV

Cuando se hubo marchado Winkles, Bensington se acercó a la alfombrilla de la chimenea y allí se quedó de pie, mirando a Redwood, que estaba sentado.

—¡Su Alteza Serenísima! —exclamó.

—¡Su Alteza Serenísima! —exclamó Redwood.

—¡Es la princesa de Weser Dreiburg!

—No es más que una prima de tercer grado.

—Redwood —dijo Bensington—, ya sé que le parecerá curioso lo que voy a decirle, pero… ¿cree usted que Winkles comprende?

—¿Qué?

—Qué es lo que hemos hecho… ¿Comprenderá realmente que en la Familia… la Familia de su nuevo paciente…?

—Siga —dijo Redwood.

—Que siempre han estado, más bien, algo debajo… debajo…

—Del promedio.

—Sí. ¿Y que siempre han procurado con gran tacto no distinguirse en nada, va a producirles un personaje real… un personaje real descomunal… de semejante tamaño? ¿Sabe usted, Redwood? No estoy seguro de que no haya aquí algo casi lindante con… alta traición…

Bensington clavó en Redwood la mirada que tenía fija en la puerta.

Redwood, con un gesto rápido de su dedo índice señalando el fuego, exclamó:


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