El alimento de los dioses
El alimento de los dioses «¿La confusión? Evidentemente. ¿El trastorno de las cosas? Va a trastornarlo todo. Finalmente va a trastornar todas las empresas humanas. Eso es claro como el agua. Intentarán detenerlo, pero tarde. Tienen la costumbre de llegar siempre tarde. Ustedes vayan y fabriquen cuanto puedan. ¡Gracias a Dios que sirven para algo!
—Pero ¿y el conflicto? —dijo Bensington—. ¡La tensión nerviosa…! Ignoro si usted habrá imaginado…
—Usted debió haber nacido hortaliza, Bensington —dijo Cossar—, eso es lo que usted debió ser al nacer. Algo que creciera en terreno abonado. Aquà está usted, construido de un modo temible y admirable al mismo tiempo, y creyendo que ha sido creado precisamente para no hacer nada y regalarse el cuerpo. ¿Cree usted que este mundo fue creado para que todo el trabajo lo hicieran las mujeres que van a fregar las casas? ¡Bueno, sea como sea, ya no pueden ustedes hacer nada ahora… No les queda otro remedio que continuar!
—Asà tendrá que ser, supongo —dijo Redwood—. Lentamente…
—¡No! —exclamó Cossar dando un grito tremendo—. ¡No! Tienen ustedes que fabricar tanto como puedan y tan de prisa como puedan. ¡Hay que esparcirlo por todas partes!